Hipócrates (que nació más o menos 460 años antes de que naciera Cristo) era un hombre picado por la curiosidad. Su interés por las enfermedades fueron los primeros pasos de la medicina moderna, pero también estudió la mayoría de los venenos y sus efectos, al menos los conocidos en la época . De sus impresiones respecto a los tóxicos extraigo una que puede generalizarse al comportamiento, a las emociones, al conjunto de los rasgos de la personalidad y, en general, casi a cualquier aspecto humano: la sustancia en sí misma no es venenosa, porque los efectos nocivos dependen de la cantidad consumida. "El veneno está en la dosis"
Pues bien, la dependencia emocional tiene mala prensa porque su sobredosis resulta tóxica para quien la padece y para quienes la soportan. Vamos a hablar de un poco de todo eso.
Dependencia emocional y desarrollo
Los seres humanos necesitamos vínculos emocionales, y esa necesidad se expresa desde el nacimiento. Una cría humana, a diferencia de la mayoría de mamíferos, es incapaz de relacionarse con su entorno de forma autónoma. Su indefensión es absoluta. Los adultos están condicionados genéticamente para reaccionar de forma emocional ante esa indefensión (con diferentes tipos de respuesta según sea empática o anampática la personalidad del adulto en cuestión, como ya hemos visto). El vínculo que se genera en el adulto tiene su correlato en la cría, proporcionándole defensa, cobijo y seguridad y desplazando esa necesidad de autocuidado. El desplazamiento (de la cría al adulto) tiene necesariamente que tener camino de vuelta, porque en su vida adulta la cría deberá ser capaz de conseguir su absoluta autonomía, y de proporcionar además amparo a las crías de generaciones siguientes.
En un famoso experimento Harry Harlow separó a unas crías de mono rhesus de sus madres, y las confinó en unas jaulas en las que había introducido figuras de mona construidas con maderas, hierros y cables. Algunas estaban recubiertas de felpa y otras presentaban la estructura desnuda. Además sólo de unas cuantas manaba leche. Las crías de mono se acurrucaban en los maniquíes de felpa al sentirse temerosos, dolientes, cansados o enfermos, a pesar que esas figuras afelpadas no les proporcionaran alimento.
Resumiendo: nos desarrollamos creciendo a través de vínculos, éstos modulan la dependencia en el crecimiento y son modulados por esa misma dependencia en la vida adulta. Y, al parecer, que nos proporcionen alimento no crea tanto vínculo como que nos den seguridad, contacto, y cobijo.
La personalidad dependiente
Se caracteriza por la necesidad de recibir y dar afecto a través de la comunicación emocional como único lenguaje de contacto interpersonal. Huye de los escenarios competitivos, le resultan mucho más seguros los gregarios (el grupo, la colectividad religiosa o social, la familia, el equipo, las amistades).
Su comportamiento está fuertemente marcado por la actitud altruista con la que consigue la sensación de seguridad de ser aceptada. La personalidad dependiente necesita compartir las decisiones de su vida con las personas que considera dotadas de mejor criterio, y busca la reafirmación de sus decisiones constantemente.
Su comportamiento está fuertemente marcado por la actitud altruista con la que consigue la sensación de seguridad de ser aceptada. La personalidad dependiente necesita compartir las decisiones de su vida con las personas que considera dotadas de mejor criterio, y busca la reafirmación de sus decisiones constantemente.
Es generosa en exceso, hasta el punto que, a menudo, es incapaz de negarse a realizar esfuerzos por los demás. Consecuencia de esa huida de los escenarios de competitividad puede resolver mal las negociaciones y los acuerdos; tanto las laborales o económicos como los interpersonales o grupales. Siempre se presenta voluntaria para la peor parte, siempre se queda la porción más pequeña, siempre realiza el trabajo de otros.
Además es fiable, suele ser modesta y cuidadosa en los modales, y consigue una aceptación incuestionable. Dado que la actitud de esta personalidad es fundamentalmente acrítica acepta sin reservas el comportamiento y el mundo mental del otro con facilidad, y sólo es reactiva (rechazando además de plano personas y situaciones) ante la violencia o el abuso.
Dependencia y conflicto
Los aspectos más conflictivos de esta personalidad tienen que ver con la demanda. En las relaciones interpersonales, sean de la naturaleza que sean, tienden a solicitar repetidamente criterios y opiniones reafirmativas por parte de los demás, lo que significa que éstos tienen que estar disponibles.
Aunque por su propia opinión haya llegado a la conclusión o elección necesita que alguna figura de referencia certifique que esa elección es correcta. Lo que lleva a la paradoja de que, si la persona de referencia discrepa de la elección (por ejemplo, por una cuestión de gustos) necesitará buscar otra que compense la situación y le proporcione la seguridad que necesita. Buscará una elección que sea como la suya para acogerse a ese criterio.
En su variante menos crítica el conflicto lo genera una sumisión fundida, incorporada al otro. Absorbe la identidad de la persona de referencia e imposibilita por tanto la singularidad de ésta. Se convierte en un apéndice que envuelve la dimensión del otro, y que lo ahoga.
En su variante más independiente (la personalidad dependiente emocional - independiente mental) su valoración acrítica del otro convierte a esta personalidad en una referencia. Los demás buscan su compañía ante las situaciones en las que se hayan sentido "en falso", por actitudes o elecciones difíciles o equivocadas. Esta variante se caracteriza por la necesidad de tener a su alrededor todas las condiciones sociales controladas y al alcance, todas las personas importantes conectadas a su vida, para poder entonces desconectarse sin ansiedad.
La personalidad con rasgos dependientes tiene dificultades para expresar el desacuerdo y huye de la confrontación abierta o de la expresión asertiva de su opinión o sus intereses. Esa actitud interpersonal puede resultar adaptativa en el medio social, pero es muy tóxica en las relaciones de pareja.
Es necesario entender aquí que la base de la vida en común no es la concordancia sino precisamente la discrepancia; aquello que es concordante no es importante, simplemente porque no es significativo en la vida de pareja, no se tiene en cuenta, no se subraya. No es necesario un acuerdo marco si los dos son vegetarianos, por ejemplo. O deportistas. O religiosos.
Es necesario el acuerdo cuando se esa necesidad se crea por la vía de la discordancia. Y esa discordancia es inevitable en la vida en pareja. La vida en común es sólida y estable cuando se gestiona (sin confrontaciones emocionales) el desacuerdo, la discordancia y, en el último estadio, la discrepancia.
La personalidad dependiente no expresará frontalmente el desacuerdo si no tiene la certeza de ser aceptada en esa discrepancia, o bien, tras una acumulación de huidas del conflicto, se armará de valor y expresará su necesidad de "ganar esta batalla concreta" para compensar "las batallas de las que ha huido antes". Pero esta función compensatoria no suele expresarse con claridad, a menudo porque no es consciente. Lo que lleva a una situación de difícil encaje si su pareja considera la elección como dañina o claramente errónea.
Un aspecto de esta personalidad comúnmente incomprendido es la facilidad que tienen de desapego, cuando la figura ha sido sustituida. Esto es especialmente evidente en las relaciones de pareja. La personalidad dependiente se relaciona con un lenguaje emocional del "todo o nada". Eso significa que puede pasar de "todo" a "nada" sin espacios intermedios, y mostrar un desapego que parecía imposible muy poco antes, desapego que ahora se nos antoja inverosímil o desnaturalizado.
Aunque por su propia opinión haya llegado a la conclusión o elección necesita que alguna figura de referencia certifique que esa elección es correcta. Lo que lleva a la paradoja de que, si la persona de referencia discrepa de la elección (por ejemplo, por una cuestión de gustos) necesitará buscar otra que compense la situación y le proporcione la seguridad que necesita. Buscará una elección que sea como la suya para acogerse a ese criterio.
En su variante menos crítica el conflicto lo genera una sumisión fundida, incorporada al otro. Absorbe la identidad de la persona de referencia e imposibilita por tanto la singularidad de ésta. Se convierte en un apéndice que envuelve la dimensión del otro, y que lo ahoga.
En su variante más independiente (la personalidad dependiente emocional - independiente mental) su valoración acrítica del otro convierte a esta personalidad en una referencia. Los demás buscan su compañía ante las situaciones en las que se hayan sentido "en falso", por actitudes o elecciones difíciles o equivocadas. Esta variante se caracteriza por la necesidad de tener a su alrededor todas las condiciones sociales controladas y al alcance, todas las personas importantes conectadas a su vida, para poder entonces desconectarse sin ansiedad.
La pareja
Es necesario entender aquí que la base de la vida en común no es la concordancia sino precisamente la discrepancia; aquello que es concordante no es importante, simplemente porque no es significativo en la vida de pareja, no se tiene en cuenta, no se subraya. No es necesario un acuerdo marco si los dos son vegetarianos, por ejemplo. O deportistas. O religiosos.
Es necesario el acuerdo cuando se esa necesidad se crea por la vía de la discordancia. Y esa discordancia es inevitable en la vida en pareja. La vida en común es sólida y estable cuando se gestiona (sin confrontaciones emocionales) el desacuerdo, la discordancia y, en el último estadio, la discrepancia.
Discrepar es ser, es distinguirse del otro.
La personalidad dependiente no expresará frontalmente el desacuerdo si no tiene la certeza de ser aceptada en esa discrepancia, o bien, tras una acumulación de huidas del conflicto, se armará de valor y expresará su necesidad de "ganar esta batalla concreta" para compensar "las batallas de las que ha huido antes". Pero esta función compensatoria no suele expresarse con claridad, a menudo porque no es consciente. Lo que lleva a una situación de difícil encaje si su pareja considera la elección como dañina o claramente errónea.
Un aspecto de esta personalidad comúnmente incomprendido es la facilidad que tienen de desapego, cuando la figura ha sido sustituida. Esto es especialmente evidente en las relaciones de pareja. La personalidad dependiente se relaciona con un lenguaje emocional del "todo o nada". Eso significa que puede pasar de "todo" a "nada" sin espacios intermedios, y mostrar un desapego que parecía imposible muy poco antes, desapego que ahora se nos antoja inverosímil o desnaturalizado.
La personalidad dependiente, si está emocionalmente compensada, es una compañía valiosa, una pareja solidaria y solícita, complemento ideal cuando se trata de realizar proyectos vitales complejos o en los que interviene la creatividad porque es capaz de abundar en la creatividad del otro sin interferencias, es decir, sin plasmar su propia identidad.
Cuando alcanza el estadio de madurez para proyectar el cuidado (a las crías de su grupo o a las suyas propias) resulta muy fiable y a menudo conservadora. Puede resultar depresiva o ansiosa si las circunstancias le sobrepasan porque le cuesta mucho alcanzar el estadio de emocionalidad reactiva. Es muy sensible a la violencia y al abuso, como queda dicho.
Su adaptabilidad, en un entorno estable y sano, genera el flujo vital que más desea: la placidez.
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