Sin embargo una cosa es cierta: los hombres y las mujeres son diferentes. Eso parece obvio, pero no es fácil concretar en qué.
Por lo que se refiere a las competencias y habilidades psicológicas y psicomotrices, la mayoría de las supuestas diferencias han caído hace tiempo. No hay diferencias en cálculo, ni en lenguaje, ni en memoria, ni en el conjunto de las inteligencias que un test o una batería de ellos puede calibrar. Persisten aún algunas diferencias estadísticamente significativas en rotación espacial (el cerebro masculino es supuestamente más hábil rotando mentalmente una figura en el espacio) y en la capacidad de psicomotricidad fina (el cerebro femenino es supuestamente más hábil en destreza manual). Pero esas diferencias están también bajo sospecha, y posiblemente caigan pronto, si no lo han hecho mientras escribo estas líneas. Nadie pone en duda que la diferencia masculino - femenino no se da ni en inteligencia fluida, ni en competencia, ni en habilidades.
Entonces, ¿cómo somos diferentes?
Obviaremos también el aspecto biológico: el cerebro femenino no está siempre en un cuerpo femenino, y lo mismo puede decirse del otro género. Dicho de otra manera: género y sexo no son siempre coincidentes. Por otra parte las diferencias biológicas se limitan al sistema neurohormonal. Nuestro interés no está centrado en los aspectos mecánicos del ser humano, sino en la relación del ser con el mundo. En cualquier caso sí es importante atender a una cuestión que desde la biología se ha explicado pocas veces: en el desarrollo del feto humano (y en general, en el desarrollo de las formas de vida, con contadísimas excepciones) la diferenciación, el cambio, es femenino. Por decirlo en palabras sencillas: al empezar a crearse todos los sistemas nerviosos son masculinos, o por decirlo más exactamente todos son neutros. El sistema femenino es el que se diferencia.
Desde el punto de vista de la memoria emocional y de la cognición hay algún aspecto que puede diferenciarnos con relativa claridad. Por ejemplo la vivencia del tiempo.
Francis Crick, el científico codescubridor de la molécula de DNA, se planteaba la continuidad del ser partiendo de la idea de que la mayoría de las células con las que nacimos no existen ya. No queda casi nada de lo que fuimos, si nos definimos como una colección de células. Y sin embargo tenemos una conciencia continua de identidad, somos nosotros desde que tenemos autoconocimiento.
Cerebro masculino, Cerebro femenino
Esa conciencia de continuidad en la existencia es común a los dos géneros, pero se vivencia de forma diferente. El cerebro masculino (el cerebro neutro) tiende a establecer estadios discontinuos de tiempo, a buscar paréntesis temporales. En otras palabras, se siente estable si percibe que nada cambia.
El cerebro femenino es mucho más sensible al paso del tiempo, y necesita a menudo expresar, "hacer realidad" ese cambio. Una decoración, por ejemplo, que no cambie o cambie poco, en pequeños detalles, proporciona una percepción de estabilidad a la mente masculina pero incomoda a un cerebro femenino. Es necesario hacer evidente, hacer realidad, el cambio.
Se entiende entonces que los objetos que nos rodean, y que definen nuestro espacio de cotidianidad, nuestro hogar, deben tener, además de funciones de comodidad y usabilidad, una función significante "de cambio" que una mente femenina necesita, y que es opaca para una mente masculina. Eso mismo está relacionado con la estética, que caduca o cambia, y con el papel que cumplen algunos de esos objetos, aparentemente inútiles, pero que dan sentido e identidad al conjunto.
Un cerebro masculino en soledad define un espacio vital minimalista y funcional. Estático.
Un cerebro femenino en soledad desarrolla una capacidad de traducir a su entorno dos aspectos definitorios: su propia identidad y su dinámica de cambio.
Es el significado del Haiku 5
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